domingo, 17 de julio de 2016

Sobre la Reencarnación


WILLIAM Q. JUDGE
Como ha llegado el hombre a ser el ente complejo que es y por qué hay cuestiones a las que ni la ciencia ni la religión ofrecen respuesta concluyente? Este pensador inmortal, poseyendo tan vastos poderes y posibilidades todos suyos por razón de su conexión íntima con todo aspecto secreto de la Naturaleza, de la cual él está constituído, se encuentra erguido sobre la cumbre de una inmensa y silenciosa evolución. El pregunta por qué la Naturaleza existe, lo que el drama de la vida tiene por finalidad, y cómo ese objetivo puede ser logrado. Pero ambos, la Ciencia y la Religión, fallan en dar una respuesta razonable. 

La Ciencia no pretende estar en condiciones de dar la solución, declarando que la investigación de las cosas, tal como son, es tarea suficiente; la religión ofrece una explicación que es tan ilógica como carente de significado, y solamente aceptable al fanático, ya que requiere que consideremos la Naturaleza toda como un misterio, y pretende buscar el sentido y propósito de la vida, con todas sus amarguras, en el placer de un Dios que no puede ser encontrado en ninguna parte. Una mente cultivada e investigadora, sabe que la religión dogmática tan sólo puede dar una respuesta inventada por el hombre, aunque pretendiendo que proviene de Dios.

¿Para qué entonces existe el universo y para qué ulterior propósito se halla el hombre, el Pensador inmortal, dentro de esta evolución? El objetivo es la experiencia y la emancipación del alma, con el propósito de elevar la masa entera de materia manifestada a la estatura, naturaleza y dignidad de Divinidad Consciente. El gran designio es el de lograr la autoconsciencia, no a través de una raza o una tribu, o de alguna nación favorita, sino por y a través del perfeccionamiento - después de su transformación - de la masa total de materia, así como también de lo que nosotros ahora denominamos alma. Nada es ni será excluído. La meta para el hombre actual es su iniciación en el completo saber; y para los otros reinos inferiores a él, el que puedan ser elevados gradualmente, de plano en plano, hasta ser con el tiempo también iniciados. 

Esta es la evolución elevada hasta su más alta potencia; éste es un prospecto magnífico, que transforma al hombre en un dios y le da a cada parte de la naturaleza la posibilidad de llegar a convertirse en uno, algún día. Hay fuerza y nobleza en esta teoría, porque en ella ningún hombre es empequeñecido o rebajado, ya que ningún ser es tan originalmente pecador e impuro que no pueda elevarse por encima de todo pecado. Considerado desde el punto de vista materialista de la Ciencia, la evolución abarca la mitad de la vida; mientras que el concepto religioso de la evolución, es una mezcolanza de absurdos y temores. Las religiones de hoy en día retienen siempre el elemento del temor, y al mismo tiempo se imaginan que un ser Todopoderoso no puede pensar acerca de ninguna otra tierra o globo sino éste, al cual gobierna de manera muy imperfecta. Pero la antigua doctrina teosófica hace del universo un conjunto vasto, completo y perfecto.

Ahora bien, desde el momento en que nosotros postulamos la existencia de una doble evolución, física y espiritual, tenemos que admitir al mismo tiempo que tal evolución tan sólo puede ser llevada a cabo por medio de la reencarnación. Esto está, en efecto, demostrado por la ciencia. Se ha demostrado que la materia de la tierra y de todas las cosas físicas que en ella existen, estuvo en una época en estado gaseoso o fluido; que la misma se enfrió que sufrió cambios; que de sus alteraciones y evoluciones se generó al fin la gran variedad de cosas y de seres. Esto, en el plano físico significa transformación o cambio de una forma a la otra. La masa total de materia es casi la misma que al comienzo de la formación de este globo, concediéndosele una ínfima adición debida a polvo estelar y aerolitos. En consecuencia, la materia debe haber sido cambiada repetidas veces y, por tanto, haber sido físicamente reformada y reincorporada. 

Desde luego, para ser estrictamente exactos, nosotros no deberíamos emplear la palabra reencarnación, porque "encarnar" se refiere a la carne. Digamos pues, "reincorporada", y entonces vemos que para ambos, la materia y el hombre, ha habido un constante cambio de forma y esto es, ampliamente hablando, "reencarnación".

Con relación a la masa d materia, la doctrina enseña que la materia toda será elevada hasta la jerarquía del hombre, cuando el hombre haya adelantado más por sí mismo. Ningún resíduo se dejará atrás después de la salvación final del hombre, resíduo del cual haya que disponer de una manera misteriosa en algún remoto depósito polvoriento de la naturaleza. La doctrina verdadera no admite concesión alguna de tal índole y al mismo tiempo no teme dar la verdadera disposición de lo que podría parecer un resíduo. 

Todo es elaborado y procesado hacia otros estados superiores, porque según declara la filosofía, no existe materia alguna inorgánica, sino que cada átomo es una entidad viviente y contiene el gérmen de la autoconsciencia, y ésto debe traer por resultado que algún día todo tendrá que haber sido transformado. Así que, lo que actualmente conocemos como carne humana, contiene hoy materia que en una época fue totalmente mineral, más adelante fue vegetal y hoy está refinada en átomos humanos. 

En un momento muy distante del actual, la materia vegetal de hoy habrá sido elevada al reino animal, y lo que nosotros ahora usamos como nuestra materia orgánica o carnal será cambiada, por transformación, a través de la evolución, en pensadores autoconscientes; y así sucesivamente, ascendiendo la escala entera hasta el advenimiento de ese período en el cual, lo que se conoce hoy como materia mineral habrá pasado al humano, y aún más allá, hasta el nivel del Pensador. Entonces, al advenimiento de otro gran período de evolución, la materia mineral de esa época será la que en la actualidad está pasando a través de sus transformaciones inferiores en otros planetas y en otros sistemas de mundos.


Esto es quizás un bosquejo "fantástico" para los hombres de hoy en día, tan acostumbrados como están a ser tratados desde su nacimiento, como malos, pecadores, débiles y completos necios, que temen hasta admitir la verdad acerca de ellos mismos; pero para los discípulos de los antiguos teósofos, ésto no es imposible ni fantástico, sino lógico y vasto. Y sin duda alguna, este esquema será aceptado algún día por todos, cuando la mente de la raza occidental haya rechazado la cronología y las ideas mosáicas sobre el hombre y la naturaleza. Por lo tanto, en cuanto a la reencarnación y a la metempsicosis, nosotros decimos que estas deben ser aplicadas primeramente al Cosmos entero y no simplemente al hombre. Pero como el hombre es el más interesante objeto para sí mismo, consideraremos en detalle la reencarnación desde el punto de vista que a él atañe.
Esta es la más antigua doctrina y es ya aceptada por más seres humanos que el número de aquéllos que la repudian. 

Casi todos los millones de habitantes en Oriente aceptan esta doctrina; la misma fue enseñada por los griegos; un gran número de chinos cree actualmente en ella, lo mismo que sus antepasados; los judíos la consideraban cierta y no ha llegado a desaparecer de su religión; y Jesús, a quien se le llama fundador del Cristianismo, también creyó y enseñó esta doctrina. En la iglesia Cristiana primitiva también era conocida y promulgada, y los más preeminentes entre los padres de la iglesia la creían y promulgaban.
Los Cristianos deberían recordar que Jesús era un judío, que consideraba su misión destinada a los judíos, porque según dice el Evangelio de San Mateo: "Yo no soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel". Jesús debió haber conocido bien las doctrinas que ellos profesaban. 

Todos creían en la reencarnación. Para ellos Moisés, Adán, Noé, Seth y otros, habían regresado a la tierra; y en la misma época de Jesús se creía comúnmente que el antiguo profeta Elías estaba aún por regresar. Así es que encontramos, ante todo, que Jesús jamás negó ni abjuró la doctrina y en varias ocasiones le dió su asentimiento, como cuando dijo que Juan el Bautista era en realidad una nueva encarnación del antiguo Elías, a quien las gentes estaban esperando. Todo esto puede ser verificado en el Evangelio de San Mateo, en los capítulos XVII, XI y otros.

En esos escritos se notará claramente que Jesús aprobaba la doctrina de la reencarnación; y siguiendo el sendero de Jesús, San Pablo, en la epístola a los romanos, capítulo IX, habla de Esaú y de Jacob como habiendo realmente existido antes de su nacimiento; y más tarde, tan preeminentes padres de la iglesia Cristiana, como Orígenes, Synesios y otros, aceptaron y enseñaron la teoría. En el libro de Proverbios VIII, 22, Salomón dice haber estado presente durante la formación de la tierra y que mucho antes de que él pudiera haber nacido como Salomón, sus placeres eran los de vivir en las partes habitables de la tierra en compañía de los hijos de los hombres. En el Apocalipsis, III, 12, San Juan el Evangelista relata que a él le fue revelado en el curso de una visión, la que se refiere a la voz de Dios o a la de alguien hablando en su nombre, que quien quiera que llegase a vencer no tendría la necesidad de "salir" otra vez; es decir, que no necesitaría reencarnar más. Durante quinientos años después de Jesús, hasta el Concilio de Constantinopla, esta doctrina fue enseñada en la iglesia. 

Entonces se promulgó una condenación sobre un aspecto del asunto, condenación que ha sido interpretada por muchos como si se hubiese hecho contra la reencarnación; pero si tal condenación es dictada contra las palabras de Jesús, la misma no tiene ningún efecto. Esta condenación, por cierto, va contra El, y por tanto la iglesia se encuentra en la posición de alegar, en efecto, que Jesús no conocía lo bastante para maldecir, según lo hizo la iglesia, una doctrina conocida y enseñada en su época, y la cual fue conspicuamente traída a su conocimiento y nunca condenada sino de hecho aprobada por El.

El Cristianismo es una religión Judía y esta doctrina de la reencarnación le pertenece históricamente por herencia judaica, y también por razón de haber sido enseñada por Jesús y por los primeros padres de la iglesia. Si hubiera alguna forma verídica o lógica para la iglesia Cristiana de librarse de este dilema - excluyendo, desde luego, los dogmas de la iglesia -, al Teósofo le agradaría que se la diesen a conocer. En realidad el Teósofo sostiene que quien quiera que sea Cristiano profeso y niegue esta teoría, él mismo pone con eso su juicio contra el de Jesús, quien debió haber sabido más sobre el asunto que aquellos que lo siguen. Es este anatema lanzado por el Concilio de la iglesia contra la reencarnación, y la ausencia de esta doctrina en la enseñanza actual, lo que ha hecho daño al Cristianismo y ha hecho de todas las naciones Cristianas pueblos que pretenden ser discípulos de Jesús y de la ley del amor, pero que realmente como naciones, son seguidoras de la Ley Mosáica del talión y de la represalia. 

Porque sólo en la reencarnación se encuentra la respuesta a todos los problemas de la vida; y en ella y en el Karma se encuentra la fuerza que hará a los hombres practicar la ética que profesan en teoría. Es el objeto de la antigua filosofía el restituir esta doctrina a cualquier religión que la haya perdido, y por lo tanto nosotros le llamamos el "acorde perdido del Cristianismo".

¿Pero quién o qué es lo que reencarna? El cuerpo físico no es lo que reencarna, porque ese cuerpo muere y se desintegra; y a muy pocos de nosotros nos gustaría permanecer encadenados para siempre a tales cuerpos como los que tenemos ahora, que se admite están infestados de enfermedades, excepto en el caso de los salvajes. El cuerpo astral no es tampoco lo que reencarna, porque como se ha demostrado ya, el astral también tiene su límite y debe desintegrarse después que el cuerpo físico se ha disuelto. Tampoco son las pasiones y los deseos. Estas últimas son sin duda alguna de un largo término, porque tienen el poder de reproducirse por sí mismas en cada vida mientras nosotros no las vayamos erradicando. 

La reencarnación se encarga de éso, puesto que ella nos proporciona numerosas oportunidades para que lentamente, uno por uno, sean erradicados todos los deseos y pasiones que desfiguran la imagen celeste del hombre espiritual.
Ya ha sido explicado cómo la parte pasional de nosotros se funde con la astral después de la muerte y proyecta aparentemente un ser, que tiene una corta existencia que vivir mientras se desintegra. Cuando la separación se completa entre el cuerpo que ha muerto, el cuerpo astral y las pasiones y deseos - habiendo la vida comenzando a ocuparse en otras formas -, la Triada Superior, Manas, Buddhi y Atma, quienes componen el hombre real, inmediatamente pasan a otro estado o ambiente, y cuando termina este estado -el cual es llamado Devachán, o cielo-, la Triada Superior es de nuevo atraída hacia la tierra para su reencarnación. Esta Triada es la parte inmortal de nuestro ser; en efecto, nosotros somos esta Triada. Esto deberá ser firmemente comprendido por la mente, porque de su claro entendimiento depende la comprensión de toda la doctrina. 

Lo que en realidad obstaculiza esta visión para el hombre occidental moderno, es sencillamente el prolongado entrenamiento que todos nosotros hemos tenido en ciencia materialista y una religión materializante, las cuales han hecho del mero cuerpo físico algo muy prominente. La primera ha enseñado todo lo relativo a la materia solamente, 'y la segunda ha predicado la resurrección del cuerpo, una doctrina contraria al sentido común, a los hombres, a los hechos, a la lógica y a todo testimonio. Pero no hay duda alguna de que la teoría de la resurrección corporal proviene de la corrupción de una más antigua y verdadera enseñanza. La resurrección está basada en lo que dice Job acerca de haber visto a su redentor en la carne, y sobre la mención de San Pablo de que el cuerpo fue resucitado incorrupto. Pero Job fue un egipcio que hablaba de ver a su maestro o iniciador, quien era el redentor, y Jesús y Pablo se referían al cuerpo espiritual solamente.

Aunque la reencarnación es la ley de la naturaleza, la trinidad completa de Atma-Buddhi-Manas aún no encarna enteramente en esta raza. Estos tres principios superiores usan y ocupan el cuerpo por mediación de la entrada de Manas, que es el más inferior de los tres principios, y los otros dos brillan sobre él desde arriba, constituyendo así el "Dios en los Cielos". Esto fue simbolizado en las antiguas enseñanzas Judáicas por medio del Hombre Celeste, quien se yergue con la cabeza en el cielo, y los pies en el infierno. Esto es, la cabeza,Atma y Buddhi aún permanece en el cielo, y los pies, Manas, caminan en el infierno, que es el cuerpo carnal y la vida material. Por esa razón el hombre no es aún totalmente consciente, y las reencarnaciones son aún necesarias con el fin de lograr la encarnación de la completa Trinidad Superior en el cuerpo. 

Cuando ese fin haya sido consumado, la raza llegará a ser una raza de dioses; y al encontrarse entonces la trinidad divina en pleno control y posesión, la masa total de la materia será perfeccionada y elevada hacia el próximo paso. Este es el verdadero significado de "el verbo hecho carne". En el caso aislado de individuos como Jesús o Buda, aquéllo fue un acontecimiento tan grandioso como para ser considerado por el mundo como el de una encarnación divina. Y de ésto también surge la idea de la crucifixión, porque Manas es pues crucificado con el propósito de elevar al ladrón hasta el Paraíso.
Es en razón de que la trinidad no está encarnada en la raza que la vida abarca tantos misterios, algunos de los cuales están apareciendo día a día, a través de los diversos experimentos que se hacen acerca del hombre.

El médico no sabe lo que la vida es, ni la razón por la que el cuerpo funciona como lo hace, porque la parte espiritual está aún amortajada entre las nubes del cielo; el hombre científico está buscando en la obscuridad, desconcertado y confuso por todo lo que el hipnotismo y otros fenómenos extraños traen ante él, porque el hombre consciente se encuentra fuera del alcance, sobre la cumbre misma de la divina montaña, forzando así al erudito a hablar de la "mente subconsciente", la "personalidad latente", y otros. Por otro lado, el sacerdote no puede darnos ninguna luz porque él niega la naturaleza divina del hombre, reduce todo al nivel del pecado original y coloca sobre nuestro concepto de Dios el negro estigma de ineptitud para controlar o manejar la creación sin la invención de expedientes para reparar errores hipotéticos. Esta antigua verdad resuelve el enigma y pinta a Dios y a la Naturaleza en colores armoniosos.

La reencarnación no significa que nosotros transmigramos hacia formas animales después de la muerte, según la creencia de algunos pueblos del oriente. "Una vez un hombre, siempre un hombre", dice el adagio de la Gran Logia. Pero el castigo para algunos hombres no sería aún excesivo si fuera posible condenarlos a renacer en los cuerpos de animales irracionales; sin embargo, la naturaleza nunca es guiada por sentimientos sino por ley, y nosotros, que no estamos capacitados para verlo todo, no podemos decir que el hombre brutal es todo bruto a través de su naturaleza. Y la evolución, habiendo conducido a Manas, el Pensador, la Persona Inmortal, a este plano, no puede volverse atrás hacia el bruto que carece de Manas.

Al examinar las dos explicaciones para la aceptación literal por algunos orientales de esas Leyes de Manú, que parecen enseñar la transmigración hacia los seres brutos, insectos, etc., comprendemos porqué el estudiante verdadero de esta doctrina no puede caer en el mismo error.

La primera de estas explicaciones es que los diversos libros y versos que enseñan tal transmigración, tratan sobre el verdadero método de la reencarnación, o sea, con la explicación de los actuales procesos físicos que tienen que ser experimentados por el Ego al pasar del estado de desencarnado al encarnado, y también con las sendas, los métodos o los medios de descenso del plano invisible al visible. Esto no ha sido aún explicado completamente en los libros Teosóficos, porque primeramente es un asunto delicado, y luego los detalles no serían recibidos con credulidad aún por los mismos Teósofos, aunque algún día lo serán. Y como estos detalles no son de grandísima importancia, no son expuestos ahora.

Pero como sabemos que ningún cuerpo humano se forma sin la unión de los dos sexos, y que los gérmenes de tal producción están encerrados en los centros sexuales y por tanto deben provenir de los alimentos ingeridos por el cuerpo, evidentemente los alimentos tienen algo que ver con el Ego reencarnante. Ahora bien, si el camino a la reencarnación conduce a través de ciertos alimentos y no de otros, es posible que si el Ego se fija o traba en alimentos que no conducirán al germen de la reproducción física, se señala un castigo en donde el Manú dice que tales y cuales prácticas conducirán a la transmigración, lo cual es entonces un "impedimento". Yo emito ahora esta opinión, para el beneficio de aquellos teósofos que leen estos pasajes, y cuyas propias teorías sobre esta materia son actualmente más bien vagas e indefinidas y en ciertos casos basadas en hipótesis completamente diferentes.

La segunda explicación es que, por cuanto la naturaleza intenta que usemos la materia absorbida por nuestro cuerpo físico y cuerpo astral, con el propósito, entre otros, de beneficiar la materia con la impresión que ella recibe durante su contacto y asociación con el Ego humano, si nosotros la usamos para darle únicamente una impresión e impulso brutal, ella debe retornar al reino animal, para ser absorbida allí, en vez de ser refinada y retenida en el plano humano. Y como toda la materia con que el Ego humano se rodea retiene la huella o impresión fotográfica del ser humano, la materia tendría que transmigrar a un nivel inferior, ya que el Ego le da una impresión animalizada. Este hecho, real en el gran laboratorio químico de la naturaleza, pudiera ser fácilmente mal interpretado por el ignorante. Pero los estudiantes de hoy en día saben que tan pronto como Manas, el Pensador, ha arribado a la escena, nunca más retorna a las formas inferiores; primero porque no lo desea, y segundo porque no puede. Porque así como la sangre en el cuerpo está impedida, por válvulas, de retroceder y congestionar el corazón, de la misma manera, en el vasto sistema de circulación universal, la puerta se cierra detrás del Pensador impidiéndole su retroceso.


La reencarnación, como doctrina que aplica al hombre real, no enseña en absoluto la transmigración a reinos de la naturaleza inferiores al humano.

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